Aunque nuestro planeta es capaz de producir los alimentos suficientes para alimentar a todos sus habitantes, 645 millones de personas padecen hambre actualmente y 2.690 millones no pueden permitirse una dieta saludable, según datos de la FAO. Guerras, inestabilidades económicas o causadas por los cambios en el clima afectan negativamente la capacidad de producir y distribuir alimentos de manera eficiente ¿Cómo podemos garantizar el acceso a alimentos fiables, asequibles y nutritivos para la población en todas partes?
Cada 16 de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación, fecha que conmemora la fundación de la FAO en 1945 y que cada año pone el foco en un aspecto distinto de la seguridad alimentaria global. Este 2026, el lema elegido por la organización es «Innovar hoy para nutrir mañana», y vale la pena detenerse en lo que realmente propone, porque no habla solo de tecnología, sino que busca responder la pregunta arriba planteada.
¿Qué significa «innovar» en los sistemas alimentarios?
Cuando se habla de innovación no es solo la parte más tecnológica como drones, sensores o apps. Incluye también la asesoría agrícola basada en datos climáticos, las escuelas de campo donde los agricultores aprenden entre ellos, las cooperativas, y las formas tradicionales de gestionar la tierra y el agua transmitidas durante generaciones que en ocasiones han sido relegadas a un segundo plano en pro de sistemas intensivos.
El reto, en definitiva, es cerrar la distancia entre lo que el mundo ya sabe hacer y lo que todavía no llega a todas las personas.
Un ejemplo sobre el terreno: las «medias lunas» del Sahel
Si se quiere ver esta idea aplicada al terreno, podemos poner nuestra vista en el Sahel, una franja semiárida al sur del Sáhara que nos ofrece uno de los ejemplos más claros. Desde hace décadas, agricultores de la región excavan las llamadas «medias lunas»: zanjas semicirculares, de apenas unas decenas a un par de cientos de hectáreas por emplazamiento, que frenan la escorrentía del agua de lluvia y la obligan a infiltrarse en el suelo en lugar de perderse. Es una técnica tradicional, sencilla y de bajo coste.
Desde 2018, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y cinco gobiernos de la región la han combinado con datos satelitales para aplicarla a gran escala, consiguiendo más de 335.000 hectáreas restauradas hasta la fecha. Un estudio publicado en Scientific Reports sobre 18 emplazamientos del sur de Níger encontró un 49,7 % más de verdor vegetal tras la intervención que antes de ella, y un 25 % más que en parcelas vecinas sin tratar. En Illéla (Níger), otro estudio registró que los árboles crecen un 12 % más en los terrenos con medias lunas que con otras técnicas comparadas. Todo esto ayuda a mejorar la autosuficiencia alimentaria de la región.
Una práctica centenaria, sin apenas tecnología, que combinada con conocimiento científico y programas de restauración a gran escala, está devolviendo verdor a uno de los paisajes más degradados del planeta. Las medias lunas del Sahel son un buen recordatorio de por dónde va, en el fondo, el lema propuesto por la FAO para este año: no hacen falta grandes despliegues tecnológicos para transformar un paisaje, sino conocimiento tradicional o científico bien aplicado y bien medido.
Carlota López Fernández
Fotografía de portada: Programa Mundial de Alimentos
Referencias:
- RBD (2026). Integrated Resilience in the Sahel. Programa Mundial de Alimentaos (WFP).
- Mishra, V., Limaye, A.S., Doehnert, F. et al. Assessing impact of agroecological interventions in Niger through remotely sensed changes in vegetation. Sci Rep 13, 360 (2023). https://doi.org/10.1038/s41598-022-27242-3







