Playas paradisíacas enterradas bajo metros de algas marrones en descomposición, olor a huevo podrido y agua opaca, es la realidad de muchas playas caribeñas. Pero hay una pregunta que casi nadie se hace mirando esas imágenes: ¿qué tiene que ver lo que comemos con lo que está pasando en el Atlántico?
Un cinturón de algas del tamaño de un continente
El sargazo (Sargassum natans y Sargassum fluitans) es un alga parda que lleva siglos flotando en el Atlántico. Cristóbal Colón ya la mencionó en sus diarios. Durante siglos habitó principalmente el Mar de los Sargazos, esa anomalía oceánica sin costas en el Atlántico Norte donde las corrientes giran formando un giro subtropical que atrapa todo lo que llega. Allí el sargazo era un ecosistema: hogar de más de cien especies de peces, invertebrados y tortugas marinas, hábitat reconocido por la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) como «esencial» para la fauna marina del Atlántico.

Ese sargazo existe todavía, pero se convirtió en un problema a partir de 2011. Ese año apareció por primera vez en imágenes satelitales una masa de sargazo completamente nueva, fuera de su zona histórica: un cinturón que se extendía desde las costas de África occidental hasta el Caribe y el Golfo de México. Los científicos lo bautizaron Gran Cinturón Atlántico de Sargazo (en inglés, GASB, Great Atlantic Sargassum Belt). Desde entonces ha reaparecido casi todos los años, cada vez con un volumen mayor.
En junio de 2018, aquel cinturón medía más de 8.850 kilómetros y contenía más de 20 millones de toneladas de biomasa y en 2022 llegó a 22 millones. En mayo de 2025, investigadores de la Florida Atlantic University registraron un nuevo récord histórico: 37,5 millones de toneladas de sargazo flotando en el Atlántico, en un cinturón que tiene más del doble de la longitud de Estados Unidos de costa a costa.

El mar se fertiliza desde tierra
Entender por qué se ha producido esta explosión de sargazo exige entender cómo crece. Como cualquier planta, necesita nutrientes: sobre todo nitrógeno y fósforo. En el océano abierto, esos nutrientes son escasos y su disponibilidad depende de las corrientes que los arrastran a la superficie, lo que limita las poblaciones de sargazo.
Lo que cambia en el Atlántico tropical a partir de 2011 es la disponibilidad de nutrientes. Investigaciones científicas apuntan a que la causa es la descarga de los nutrientes y contaminantes de ríos poderosos en América del Sur y África occidental, principalmente el Amazonas y el Orinoco. Estos ríos se ven afectados por la deforestación que hace que la escorrentía aumente y el agua que transportan llegue al Atlántico cargada de nutrientes y contaminantes. Las corrientes oceánicas, que están siendo alteradas por el cambio climático, arrastran estos efluentes hacia el norte, favoreciendo el crecimiento de este alga principalmente en el Caribe.
El mismo estudio estima que la carga de nitrógeno que llega al Atlántico a través del Amazonas podría crecer un 45% para 2050, principalmente por el aumento del uso de fertilizantes en las cuencas agrícolas de América del Sur.
De los campos de soja al Caribe
Aquí es donde la historia se vuelve incómoda para el sistema alimentario global.
La cuenca amazónica es la región donde en las últimas cuatro décadas se ha desarrollado uno de los modelos agroindustriales más expansivos del planeta: el cultivo masivo de soja para alimentar el ganado y la acuicultura mundial. Mato Grosso, Pará, Rondônia, Amazonas: estos estados brasileños concentran tanto la mayor producción de soja del hemisferio sur como los peores indicadores de deforestación del país. Cerca de la mitad del Cerrado –la sabana tropical brasileña, uno de los biomas más biodiversos del mundo– ya ha sido deforestada, en un 96% por incendios provocados por el sector agropecuario.
Cuando se tala o quema bosque para plantar soja o criar ganado, desaparece la cobertura vegetal que regula la escorrentía. Las lluvias arrastran suelo, sedimentos y fertilizantes nitrogenados usados en los cultivos hacia los ríos. Esos ríos desembocan en el Atlántico frente a las costas de Brasil, fertilizando una franja oceánica que antes era pobre en nutrientes. Esa fertilización es la gasolina sobre la que crece el nuevo cinturón de sargazo.
La soja que comemos, o más exactamente la que come el salmón y el pollo que comemos, no solo destruye bosques. También destruye arrecifes de coral en el Caribe a través de una cadena que atraviesa continentes y océanos y que es casi invisible desde un supermercado en Madrid, Barcelona o cualquier otra ciudad europea.
Por qué el sargazo es un problema
En el océano abierto, el sargazo tiene valor ecológico. Sus matas flotantes son refugio para tortugas, peces juveniles, camarones, aves marinas. El problema no es el alga en sí: es el exceso, la escala, la acumulación.

Cuando cantidades récord de sargazo llegan a las costas, los ecosistemas no pueden absorberlo. La descomposición de esa masa orgánica consume el oxígeno del agua, generando zonas hipóxicas que ahogan la vida bentónica (aquella que habita el fondo de los ecosistemas acuáticos). Las grandes esteras bloquean la luz solar que necesitan los arrecifes de coral y las praderas de posidonia para fotosintentizar. En Puerto Morelos, México, las inundaciones de sargazo en descomposición han provocado mortalidad parcial o completa de colonias de coral duro en las lagunas de arrecife. Las raíces de los manglares –que respiran a través de estructuras aéreas– quedan sepultadas bajo capas de alga que impiden el intercambio de gases, matándolos. Y los manglares son, entre otras cosas, los viveros naturales donde nacen y crecen incontables especies de peces de las que dependen las pesquerías costeras.
Las esteras también bloquean los sitios de anidaje de tortugas marinas. Atrapan contaminantes y metales pesados en su biomasa. Y al descomponerse en costa liberan sulfuro de hidrógeno (el gas que huele a huevo podrido), que daña las vías respiratorias y representa un riesgo real para la salud de las poblaciones costeras.
El impacto económico es ya de cientos de millones de dólares anuales solo en retirada mecánica de algas. Pero el impacto ecológico es mucho más difícil de contabilizar: la degradación de ecosistemas que son criaderos de biodiversidad marina, barreras naturales contra huracanes y captores de carbono.
El problema es que según un estudio publicado en Nature Communications en 2026 se concluye que la dinámica interna del GASB ha cambiado: si en sus primeros años dependía principalmente de factores físicos externos como vientos y corrientes, ahora el cinturón genera su propio suministro de nutrientes a través del reciclaje dentro de la biomasa del alga y de los organismos asociados a ella. Es decir, ha ganado autonomía, lo que hace que sea más difícil de revertir.
El problema que no tiene solución local
El sargazo se trata hoy como un problema de gestión de playas. Se retira con maquinaria, se experimenta con barreras flotantes, se buscan usos alternativos como fertilizante, biocombustible o materiales de construcción. Algunas de estas iniciativas son interesantes. Pero ninguna toca la causa.

El cinturón de sargazo tiene solución –si la tiene– en las políticas agrícolas de Brasil, en los acuerdos internacionales sobre uso de fertilizantes, en la regulación de los modelos de producción de soja que alimentan la ganadería y la acuicultura de medio mundo, en el tratamiento de aguas residuales en las cuencas amazónicas. En decisiones que ningún país puede tomar solo porque el problema no respeta fronteras.
Los ecosistemas funcionan como sistemas planetarios interconectados, donde lo que ocurre en un campo de Mato Grosso acaba repercutiendo en un arrecife de coral de Jamaica o en los pastos marinos de las costas de Yucatán. La tierra, el río, el océano y la atmósfera no son compartimentos separados que gestionamos de forma independiente. Son un único sistema en el que nuestras decisiones de producción y consumo circulan, se acumulan y aparecen donde menos esperamos.
Carlota López.







