El chocolate seduce por textura, brillo y aromas. Pero también por la historia que lleva dentro. Con cada tableta se entrelazan territorios, culturas y decisiones económicas que determinan si ese placer llega limpio de explotación y compatible con la conservación de los bosques tropicales.
No es casual que una de las novelas infantiles más adaptadas al cine tenga como protagonista al chocolate.
Charlie y la Fábrica de Chocolate: una metáfora sobre el lado más oscuro del cacao
La célebre novela Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl nos sugiere una industria cerrada y casi mágica. La “lámina dorada” que permite entrar en la fábrica es el símbolo del acceso a un secreto bien guardado. En la realidad, la cadena global del cacao mantiene importantes zonas de sombra: intermediación compleja, mercados de futuros y vastas distancias entre quienes producen y quienes consumimos.
En la novela, Willy Wonka transporta desde una remota selva africana a una tribu de pigmeos negros para trabajar, aislados en la fábrica, a cambio de granos de cacao. A través de esta ficción, Dahl deja traslucir el hermetismo de la distribución alimentaria. La coartada de Wonka es la competencia y el espionaje industrial que sufre y que en realidad los pigmeos aceptaron voluntariamente viajar en cajas a la fábrica.
La trama del cacao: una cadena invisible para quien consume chocolate
Aunque el cacao es originario de la franja intertropical americana y fue bebida ritual para mayas y mexicas, hoy más del 60 % de la producción mundial procede de África Occidental: Ghana, Costa de Marfil y Camerún. Países como Ecuador, Perú, Colombia, Brasil o Indonesia también contribuyen de forma notable.
Paradójicamente, los chocolates más prestigiosos son suizos, belgas, ingleses o estadounidenses. Así se materializa la injusticia de la cadena de suministro. Como dice el refrán: “unos cardan la lana y otros llevan la fama”.
Más allá de la ficción de Dahl, lo cierto es que la producción de chocolate es hoy un ejemplo extremo de desconexión entre origen y consumo. Las cadenas globales del cacao son opacas.
Esta desconexión facilita que las personas ignoremos las condiciones reales en las que se produce el cacao, incluida la pobreza estructural y el trabajo infantil, problemas documentados ampliamente por organizaciones internacionales.
Más allá de una imaginación desbordada, lo que el texto de Roald Dahl viene a mostrar es el absoluto desconocimiento de la sociedad sobre chocolate y cacao. Cuando accedemos a la fábrica de Wonka nos encontramos un idílico jardín invernadero donde juguetean, trabajan y trastean los oompa loompas.
Se quedan cortas las fantasías de Dahl observando las interconexiones globales en la cadena de suministro del chocolate. El teleacoplamiento en la distancia hace posible que las personas consumidoras en las ciudades del norte global estén actuando sobre el bosque tropical y sobre las condiciones laborales en lugares a miles de kilómetros. Nunca se explicó como obtiene Wonka sus preciados granos de cacao.
En 2023 The Telegraph publicó un análisis de las diferentes reediciones de los libros de Roald Dahl en las que se corregían textos ofensivos por sus estereotipos racistas y misóginos. Tachado de racista y esclavista el personaje de los oompa loompas fue mutando en ediciones posteriores hacia imaginarios seres de apariencia singular de piel rosada o naranja y pelo castaño o verde. Lo que los editores del libro no pudieron corregir fue la realidad.
El oompa loompa está más cerca de estas criaturas condenadas a trabajos forzados por cuyas manos pasaron los granos del chocolate que con tanto deleite llevamos a la boca. En la edición del libro de 1973 estos son unos extraños personajes llegados de un lugar que no está en el mapa, Lompalandia. En el extremo de la anonimización, en la película de 2005 de Tim Burton, 165 oompa loompas replicantes son representados por un único actor: Deep Roy.
Curiosamente los niños que acceden a la Fábrica de Chocolate son casi todos grotescamente egoístas y caprichosos. Claramente “Charlie y la fábrica de chocolate” es una alegoría preventiva sobre los abusos en el comercio alimentario. Existen motivos para verlo así y trucos para alejarse del consumismo egocentrista.
Desigualdad en la cadena de suministro del cacao
La Unión Europea importa cerca de la mitad del cacao del mundo. Sin embargo, la renta que llega a las familias campesinas es mínima: Ghana produce el 15 % del cacao mundial, pero solo recibe el 1,5 % de los ingresos del comercio global del chocolate. El 90 % del cacao mundial procede de pequeñas explotaciones familiares. Más de 1,5 millones de niños trabajan en plantaciones de cacao en Ghana y Costa de Marfil. Las causas son múltiples: bajos precios, falta de trazabilidad, presión de intermediarios y ausencia de ingresos suficientes para vivir con dignidad.
Escrita en 1964 por Roald Dahl, la novela muestra, tal vez sin quererlo, la creciente opacidad de las cadenas de suministro alimentario. Con la lámina dorada escondida en una tableta de chocolate Wonka el autor nos está hablando de acceso a los secretos de la fábrica alimentaria. Con su fama de crear personajes macabros y retorcidos enfrentados con criaturas generosas e inteligentes desenvolver una chocolatina se convierte en un escalofriante reto: ¿quién se hará con el control del secreto?
De la canción del Cola Cao a los nuevos compromisos
Hoy nos resulta avergonzarte el famoso anuncio “Yo soy aquel negrito del África tropical…”, pero debe recordarse pues revela bien cómo se ha representado históricamente la producción de chocolate: exótica, infantilizada y desconectada de la realidad social.
Aunque grandes empresas firmaron en 2001 el Protocolo Harkin-Engel para eliminar las peores formas de trabajo infantil, los avances siguen siendo insuficientes. La propia International Cocoa Initiative reconoce que persisten situaciones de esclavitud y riesgo grave para niñas y niños.
En las últimas décadas, la presión pública, las investigaciones periodísticas y las ONG han obligado a la industria a asumir mayor responsabilidad y avanzar hacia sistemas de mayor transparencia.
Roald Dahl revisado: racismo, cambios y simbolismos
Las reediciones modernas de Charlie y la fábrica de chocolate han eliminado referencias racistas y estereotipos de los oompa loompas pero no han suprimido la realidad. La metáfora es reveladora: así como en el libro desconocemos el origen del cacao de Wonka, en la vida real muchas veces ignoramos la historia que hay detrás de cada tableta de chocolate.
A las explotaciones cacaoteras, que son mayoritariamente familiares, solo llega entre un 3 % y un 7 % del precio final de venta de un producto de chocolate. La renta de la mayoría de las familias está por debajo del umbral de la pobreza. La comercialización del cacao desde las pequeñas explotaciones es una trama opaca en la que es muy difícil conocer las condiciones en que se ha realizado la producción (trazabilidad). Como consecuencia de la pobreza muchas familias se ven obligadas a implicar a los niños en el trabajo. En sus formas peores la explotación infantil supone esclavitud.
Las grandes compañías tras ser acusadas de beneficiarse de estas situaciones de injusticia han optado por distanciarse de las fuentes de producción en la cadena de suministro mediante la intermediación o publicitando compromisos como la prevención de la explotación infantil. Obligados por las evidencias y la denuncia de organizaciones no gubernamentales las grandes industrias del chocolate firmaron en 2001 un protocolo (Harkin-Engel) para eliminar “las peores formas de trabajo infantil y forzoso” en la producción de cacao. Es evidente, que la transparencia es una herramienta esencial en la lucha contra la esclavitud en la producción del cacao.
La International Cocoa Initiative (ICI), una fundación sin ánimo de lucro creada en 2002 por la industria del chocolate, ONGs y la Organización Internacional de Trabajo (OIT), reconoce la existencia de condiciones de trabajo que privan a los niños y niñas de su infancia, su potencial y su dignidad, y que interfiere con su escolarización.
Es doloroso admitir que los enanos de Lompalandia puedan ser hoy día niñas y niños. El consumidor final son esos niños caprichosos que acompañan a Charlie en la visita y terminan nadando en chocolate o engullidos por la máquina. En realidad, el cuento de Dahl puede ser leído como una macabra parodia del sistema global. La novela acaba con una caricatura de la meritocracia: no es el obstáculo del techo de cristal sino un ascensor de cristal el que permite a Charli Bucket, un niño pobre, ascender con su familia y hacerse cargo de la fábrica.
La cultura ecogastronómica: saber qué comes y de dónde viene
Consumir chocolate de forma crítica y consciente no solo es posible, sino deseable. Es lo que probablemente querría el bueno de Charlie. Las personas consumidoras pueden transformar el sistema, y evitar caer en la comodidad de la disonancia cognitiva, si acceden a información fiable y transparente.
La ecogastronomía propone disfrutar del sabor de un buen chocolate con una mirada informada hacia:
- El origen del cacao.
- Las condiciones de quienes lo cultivan.
- El impacto ambiental de su producción.
- El reparto justo de beneficios.
Saber qué comemos es parte del saber quiénes somos. ¿Cómo elegir un chocolate más justo y sostenible?
1. Consultar índices y comparativas independientes
Chocolate Scorecard, una iniciativa de la organización Be Slavery Free, sitúa a las empresas chocolateras en una escala de 0 a 100 a partir de un cuestionario donde son consultadas sobre su compromiso. Es un primer acercamiento con pistas sobre diferentes marcas. Tony’s Chocolonely con una puntuación 91 % se presenta como una marca comprometida contra la esclavitud. El chocolate HALBA producido en Suiza alcanza el 86 %. Le sigue la marca francesa Cémoi (84 %), la alemana Ritter Sport (83 %) y Nestlé con un 70 %. Siendo Mondelēz la peor clasificada de una larga lista. Son productos conocidos de esta marca Milka, Cadbury, Toblerone, Côte d’Or, Suchard o Mikado.
HALBA y Cémoi aparecen como fabricantes de marcas blancas de algunos conocidos supermercados, algunas veces incluso acompañadas de algú sello de certificación de comercio justo. También algunas empresas hacen declaraciones de buenas intenciones con iniciativas y declaraciones de sostenibilidad. Evidentemente deben proporcionar láminas doradas a las organizaciones dedicadas a verificar la calidad de sus productos.
2. Buscar certificaciones de tercera parte
Un paso más son los sellos como Fairtrade y Rainforest Alliance/UTZ. Estos ofrecen distintos niveles de verificación sobre trabajo infantil, condiciones laborales, cuidado del bosque tropical u la sostenibilidad y prácticas agroecológicas.

3. Priorizar chocolate ecológico
La agricultura ecológica evita sustancias tóxicas y protege ecosistemas tropicales altamente amenazados. Su certificación implica una meticulosa inspección.

4. Preferir marcas con relación directa de confianza con cooperativas productoras
Las iniciativas de producción que dan información detallada de las cooperativas en las que se aprovisionan y ofrecen una trazabilidad completa. El SPP (Símbolo de Pequeños Productores) y los conocidos como sistemas participativos de garantía (SPG) ofrecen esta confianza. Ethiquable e IDEAS trabajan con cooperativas e incluso impulsan que la transformación del cacao se realice en origen. Oxfam Intermón, Alternativa 3, EquiMercado, Kaoka o Mundo Solidario, dan garantías de origen y producción.
El sello Ethiquable promueven la economía social y solidaria. Con este fin, establece relación directa con las cooperativas locales productoras, favoreciendo su empoderamiento. Por ejemplo, han ayudado a que la transformación del grano en pasta de cacao se realice en origen por los mismos productores e incluso cuenten con obrador propio en zona rural. La compañía IDEAS que comercializa Ethiquetable declara pagar los más altos precios a los productores en origen, presumen de garantizar una cadena de suministro totalmente cooperativa y justa. Como vemos se trata de un grado más en la escala de compromiso.
Oxfan Intermón ofrece la marca Tierra Madre. En su página web se puede consultar el nombre de las cooperativas de donde procede su cacao. Alternativa 3 cuenta con chocolate de la propia marca. Equimercado de Fundación Adsis tiene Chocolate y cacao Kaoka de cooperativas. Eticambio ofrece chocolate de su marca basada en industria familiar y comercio justo. Mundo solidario ofrece La cesta Sostenible.
5. Comer es un acto político
Adherirse a campañas que presionan sobre la cadenas globales de suministro alimentario es como hemos visto un gesto necesario. Oxfan Intermón, Greenpeace y otras organizaciones no gubernamentales denuncian las malas prácticas y promueven el comercio justo.
Conclusión: disfrutar del chocolate desde la cultura ecogastronómica
El chocolate puede ser un placer más completo si sabemos de dónde viene y cómo se produce. Optar por chocolate de comercio justo, con certificaciones verificadas, procedente de cooperativas identificadas, y preferiblemente ecológico, contribuye a un sistema más transparente y equitativo.
Disfrutar del chocolate debe conllevar solo el puntito amargo de su sabor, no amargores en su producción. Desarrollando nuestra cultura gastronómica podemos elegir un chocolate ético, sostenible y delicioso.
José Vicente de Lucio
Fundación Vida Sostenible, Universidad de Alcalá
Nota: Ninguna de las marcas ni empresas mencionadas en este trabajo ha realizado aportaciones económicas ni ha participado, directa o indirectamente, en la elaboración o en el contenido del presente artículo.
Este artículo ha sido publicado originalmente en el blog Señales.
Referencias
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