Vida rápida, fast food

Algunas falacias de la comida rápida

Nunca hemos comido mejor que ahora, pero nunca se ha comido peor que ahora. Crecen las quejas hacia un modelo de alimentación que nos enferma y resulta completamente insostenible. Pero la verdad es que es un tipo de alimentación triunfante, que poco a poco ocupa hasta el último reducto de la comida tradicional. Y esto es así, entre otras causas, por falacias como las que se detallan a continuación:

La lista de nutrientes
Consiste en reducir cualquier alimento a una lista de nutrientes: hidratos de carbono, proteínas, grasas, vitaminas, minerales, etc. ¿Qué tiene eso de malo? Sencillamente, que convierte en equivalente la comida de calidad y la comida basura. La más espectacular de las menestras de verduras, elaborada con aceite de oliva virgen extra y hortalizas procedentes de la agricultura ecológica, puede tener exactamente los mismos nutrientes que una vulgar pizza congelada de bacon y queso, si nos ponemos a sumar hidratos de carbono, proteínas y así.

La cantidad diaria recomendada

El truco de la Cantidad o Ingesta Diaria Recomendada (IDR) convierte cualquier cosa, por ejemplo una lata de refresco atiborrada de azúcar, en un alimento saludable que “aporta” un determinado porcentaje de los nutrientes que necesitamos. Si no lo creen, cojan una lata de refresco y verán que esa insana mezcla de agua con azúcar aporta, por ejemplo, un 43% de la ingesta diaria recomendada de glúcidos. Así que no debe ser tan mala, piensa uno.

Los aditivos seguros

No es raro encontrar alimentos a la venta con diez o quince aditivos de tipo E-xxx. Aunque resulte difícil de creer, muchos alimentos enlatados también están atiborrados de conservantes. La industria alimentaria lleva usando aditivos desde hace cientos de años, pero la proliferación actual indica un  problema muy serio: ingredientes de muy mala calidad disfrazados y mantenidos comestibles gracias a un montón de aditivos colorantes, espesantes, conservantes, emulgentes, saborizantes, etc.

Naturalmente, todos estos aditivos son seguros. Esto quiere decir que se alimenta a ratones con dosis masivas de estos compuestos hasta que manifiestan alguna reacción adversa, se reduce poco a poco la dosis hasta la reacción desaparece, se divide por 100 la concentración resultante, y listo, ya tenemos la dosis segura para humanos, por ejemplo 7,5 miligramos de tartrazina por kilo de peso corporal. Eso quiere decir que, estando los aditivos tan repartidos en los alimentos industriales, acabaremos ingiriéndolos, no una, sino varias veces al día. No sabemos el efecto de ingestas repetidas de dosis “seguras” de aditivos, y menos todavía del efecto combinado de varios de estos aditivos en nuestra salud. Se puede decir que la comida industrialista es un gran experimento y que nosotros somos los conejillos de indias.

La comida más importante del día

Una aluvión de consejos “nutricionales” caen sobre nosotros, patrocinados de manera más o menos descarada por las grandes marcas de alimentación. Por ejemplo, la necesidad de comer muchas veces al día (como mínimo cinco), de donde se deduce la necesidad de comprar barritas energéticas y tentempiés para llevar a la oficina. O el famoso mito del desayuno, la comida más importante del día, que podemos solucionar vertiendo cereales de una caja en un bol de leche. O la necesidad de reforzar un aparemente universal déficit de calcio, así que todo el mundo a tomar lácteos y yogures a destajo. Los niños son una presa fácil, que necesitan toda clase de nutrientes a todas horas, que la industria proporciona en forma de comidas gustosas diseñadas para el gusto infantil, desde cereales extradulces a palitos de pescado fritos y crujientes.

Productos cada vez más «saludables»

La gran industria alimentaria no cesa de dar pasos hacia una alimentación más saludable. Pero no dejando de fabricar alimentos de mala calidad, sino simplemente reduciendo su contenido en sal (sodio), azúcares y grasas hidrogenadas. Así todo sigue igual, pero con un x% menos de azúcar para el año 20xx en el x% de sus gama de productos. Estas medidas cosméticas mejoran un poco la situación (por ejemplo, reduciendo la ingente cantidad de azúcar que se meten los niños entre pecho y espalda en el desayuno) pero no solucionan el problema de fondo. Incluso lo pueden empeorar. Nestlé declaró estar trabajando en un azúcar modificado para proporcionar igual dulzor con la mitad de cantidad. ¿Será inocua esta modificación?

Precios imbatibles

Los alimentos de calidad son más caros, eso lo sabe todo el mundo. El gran argumento de la gran industria alimentaria es que proporciona alimentos “saludables y seguros” a muchos millones de personas a buen precio. En apariencia puede ser así, hasta el punto que en algunos casos sale casi más barato el plato cocinado que comprar los ingredientes frescos y cocinarlos en casa, lo que es una aberración desde el punto de vista de la economía. Pero al final lo barato sale caro, principalmente en términos de salud. No hay más que pensar en la epidemia de diabetes que azota los países occidentales y se extiende a todo el mundo.

Calentar y comer

El «ritmo acelerado de la vida moderna» es el argumento principal de la comida que proporciona la gran industria. Después de largas jornadas laborales y días repletos de gestiones familiares, lo que menos nos apetece es cocinar. Esto tuvo su parte de verdad en su día (por ejemplo, intenta fabricar tú mismo la masa para hacer empanadillas). Pero actualmente es una falacia. Todos tenemos tiempo para dedicarlo a la cocina, aunque sea una media hora. No necesitamos comprar continuamente paquetes de comida ya preparada, podemos reservarlos para una emergencia de verdad.

 

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