4. ¿Cómo se transportan y distribuyen nuestros alimentos?

¿De dónde proceden los alimentos que consumimos? ¿De 10, 100 o 10.000 km de distancia? Los estudios muestran que gran parte de los alimentos que se consumen en España tienen que viajar miles de km para llegar a nuestra mesa. Y el viaje se hace por carretera o ferrocarril, barco e incluso en avión, con el consiguiente gasto de energía. Esta situación ha creado un nuevo tipo de persona: el locávoro, la persona que prefiere alimentarse con productos que no han tenido que viajar mucho para llegar a su mesa.

Este tipo de alimentos de producción y distribución cercana los  “alimentos de kilómetro cero” están llamando mucho la atención. Todo un movimiento busca abastecerse de manera local en lugar de comprar comida procedente de la otra punta del mundo. La idea general es abastecernos de lo próximo antes que de lo lejano, con la consiguiente reducción de la huella ecológica de nuestra alimentación. Todo un movimiento que busca saber el origen real de nuestra comida está en marcha, mediante cadenas de alimentación especializadas, grupos de consumidores e incluso huertos urbanos y productores de sus propios alimentos en medio de la ciudad.

El concepto de soberanía alimentaria va en esta misma dirección. Frente al criterio de que lo único que importa es la disponibilidad de alimentos a un precio accesible, sin tener en cuenta su origen ni modo de producción, este movimiento y otros similares ponen su énfasis en la conservación en buen estado de un paisaje agrario determinado, con sus variedades de plantas y animales, capaz de abastecer a sus mercados locales con alimentos de calidad y que contribuyen directamente a mantener una cultura alimentaria y un estilo de vida campesina.

El otro lado de la moneda alimentaria es un comercio mundial que compra y vende alimentos estandarizados en grandes cantidades, que transporta a lo largo de miles de kilómetros para abastecer los mercados. Este movimiento de alimentos está estrechamente unido a la especulación financiera, hasta el punto que llegaron a existir fondos de inversión que se lucraban con las alzas en el precio de alimentos de primera necesidad, como el maíz.

El comercio mundial de alimentos siempre ha existido (por ejemplo, el trigo del valle del Nilo o el aceite del valle del Guadalquivir se llevaban en gran cantidad a Roma ya en tiempos de los césares), pero sería mejor reservarlo para productos que no haya manera de conseguir de otra forma. La implantación de etiquetas de kilometraje de alimentos se ha intentado en alguna ocasión pero no ha llegado a buen puerto.

La gran autopista mundial de la alimentación desemboca en terminales cada vez más grandes, hipermercados repletos de productos estandarizados. Son fundamentales para nuestro abastecimiento, pero se han llevado por delante un montón de tiendas pequeñas especializadas que garantizaban variedad de alimentos y contacto con el productor (hasta el año 2000, por ejemplo, existió una tienda de caracoles vivos en la calle de la Ruda, Madrid). El problema está en que las grandes superficies ofrecen precios imbatibles, todo el resto del comercio alimentario cae automáticamente en la categoría de muy caras delicatessen.

 

 

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