1. ¿Qué comemos?

Disponemos de una variedad de alimentos comerciales aparentemente ilimitada. Todas las semanas, productos antes desconocidos (como la quinoa, el kale o el kombu) se añaden a nuestra cesta de la compra, de la que ya no es fácil que salgan, como no han salido las bienvenidas adquisiciones del tomate, la patata y otras plantas americanas, desde hace siglos.

La otra cara de la moneda es la rápida pérdida de variedad genética de los cultivos. Por ejemplo, el trigo tiende a ser usado en unas pocas variedades estandarizadas, lo que lleva a la extinción a innumerables variedades de trigos adaptados a condiciones locales y con características distintivas y beneficiosas para la salud. En general, la creciente variedad comercial está más que contrarrestada por la creciente uniformización de la dieta global, cada vez más dependiente de harinas estándar de trigo, soja, azúcar, etc.

La recuperación de variedades autóctonas de plantas comestibles, como la espelta, muestra como es posible cultivar productos de mejor calidad e impacto sobre la salud, que además remuneran mejor a los agricultores. Pero aquí intervenimos de manera decisiva los consumidores, con nuestra capacidad de demandar este tipo de productos y contribuir así a la mejora de los ecosistemas.

 

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