Cómo reducir la huella ecológica de cosas que comemos todos los días

Imagen de Christos Giakkas en Pixabay

 

Cada día de nuestras vidas consumimos alimentos y bebidas que suponen un gran impacto en el medioambiente. Este impacto se conoce como la huella ecológica de nuestra comida. Todas las decisiones que como consumidores y ciudadanos tomamos en nuestra vida cotidiana, tienen un impacto positivo o negativo sobre el planeta, y aquí es donde los alimentos cumplen un importante papel.

Se sabe que un 25% de todas las emisiones globales vienen de los alimentos, más de la mitad de las emisiones de los alimentos proceden de productos animales, y la mitad de todas las emisiones de la ganadería vienen del ganado vacuno y ovino.

La huella ecológica es un método que mide los recursos que consumimos de la Tierra y los residuos que se generan, calculando la extensión necesaria para producirlos y gestionarlos. En materia de alimentación, el alimento que más impacto tiene es la carne de ternera, cuya huella ecológica, conseguida con una calculadora facilitada por la BBC  muestra que el consumo de una o dos porciones por semana (75 g por porción), añade 604 kg de CO2 a la atmósfera, lo que equivale a 1.735 m2 de Tierra, que es lo mismo que seis canchas de tenis.

Sin embargo, la huella ecológica de un plato tan español como la tortilla de patata añadiría, con dos patatas pequeñas y dos huevos por porción una o dos veces a la semana, 46 kg de CO2 anuales a la atmósfera, lo que equivale a conducir un coche de gasolina 194 km, por lo que es una opción mucho más sostenible, al igual que pasa con las frutas y verduras, las cuales tienen una huella ecológica de 9 m2/kg los vegetales de temporada, 14 m2/kg las hortalizas de invierno, y 3 m2/kg las frutas. Por ejemplo, 1 kg de zanahorias supone 300 g de CO2 de huella de carbono.

Uno de los principales factores que aumentan la huella ecológica de la comida es su transporte. Según el  Proyecto CO2me cada plátano canario que llega al mercado genera 25 g de CO2 mientras que la banana americana tiene una huella de carbono de 80 g de CO2 por pieza. Por esta razón, es muy importante comprar alimentos de temporada y proximidad, ya que el viaje que hacen los alimentos desde el lugar donde son cultivados, preparados y empaquetados, hasta el punto donde se venden y consumen supone un coste ecológico, y unas emisiones mayores o menores según el medio de transporte que se utilice y la cantidad de kilómetros que recorra.

Por eso surge el movimiento de alimentación “kilómetro cero”, que es aquella alimentación que ha sido producida cerca de casa, en granjas próximas y de productores locales, en un radio inferior a 100 km. Puesto que estos alimentos no necesitan recorrer grandes distancias, se ahorra energía mientras son transportados y emiten menos gases contaminantes y de efecto invernadero.

Es mucho mejor intentar comer lo que se cultiva cerca y en temporada. Comprando productos de alimentación locales y de temporada todos salimos ganando, ya que es más saludable y, además, se ayuda al medioambiente, pues se reduce el gasto energético, se minimizan las emisiones de CO2 al evitar el transporte desde zonas de cultivo lejanas, se respeta el ciclo natural de producción, y se promueve el comercio local. Asimismo, al no precisar de condiciones especiales de envasado asignadas al transcurso en el transporte, se reduce el desperdicio final en elementos no biodegradables como plásticos y bandejas de poliespán.

Igualmente, el movimiento kilómetro cero tiene otra virtud, ya que se reducen los desperdicios de alimentos. Las cadenas de intermediarios se reducen, disminuyendo a su vez las pérdidas por transporte, almacenamiento, y descartes innecesarios. También se evita el descarte de productos no aptos para ser consumidos simplemente por estética y publicidad, ya que por lo general los pequeños productores no desaprovechan el género.

Por otro lado, con alimentos “kilómetro cero” se pueden consumir menos productos elaborados industrialmente. Al no pedirse condiciones de larga conservación, muchos de los productos que se adquieren son en forma de productos frescos, y sin tratar (alimentos “orgánicos”). Con esto nos podemos ahorrar la ingestión de elementos potenciadores del sabor como azúcares añadidos, espesantes como grasas hidrogenadas, y estabilizantes como el aceite de palma, presentes en la llamada comida chatarra y causante, este último, de serios problemas ambientales como la deforestación y pérdida de hábitats naturales de especies en peligro de extinción como el orangután.

Si compramos alimentos de «kilómetro cero» no podremos consumir ciertos alimentos que estén fuera de temporada, como por ejemplo el tomate y las judías verdes en febrero, por lo que tendremos que guiarnos por el calendario de verduras de temporada. Esto puede hacer que la población sea mucho más consciente del coste ambiental que supone poder acceder a todo tipo de alimentos durante el año.

En conclusión, los alimentos «kilómetro cero» son una solución que pone en valor la conservación de los entornos rurales y los paisajes agrícolas al favorecer la economía local y mejorar la sostenibilidad del ecosistema. Además, la disminución de nuestro consumo de carne y el consecuente aumento del consumo de verduras y frutas podría reducir en dos tercios la huella ambiental de los alimentos que consume cada individuo, de tal forma que se ahorra agua, se reduce la contaminación atmosférica y se disminuye la pérdida de bosques.

Laura Velasco Puig

 

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Está muy bien,ese sistema sería bueno que se implementará

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