El futuro de la agricultura está en el pasado

Fotografía de Sebastian Herrmann en Unsplash

 

En nuestra vida cotidiana, es posible que no nos demos cuenta de que algunos de nuestros alimentos básicos provienen de extraordinarias tradiciones agrícolas que están profundamente arraigadas en nuestra culturas e identidad.

La producción de alimentos ha evolucionado y mejorado dramáticamente con el tiempo. Sin embargo, algunas de las antiguas formas de producir cultivos tienen mucho que enseñarnos sobre la protección del medio ambiente, la sostenibilidad y la adaptación al cambio climático. La conservación de los recursos naturales, la agricultura sostenible y la agroecología no son solo técnicas para preservar lo que la tierra nos ha dado, sino que también son formas de conceptualizar cómo los humanos interactúan con la naturaleza. Hay comunidades en todo el mundo que siempre han pensado de esta manera, utilizando sus tierras y planificando sus actividades agrícolas en consecuencia.

Hay muchos sistemas agrícolas que preservan tradiciones que combinan la agricultura, el paisaje, el patrimonio cultural, la protección de la biodiversidad agrícola, la sostenibilidad y la adaptación al cambio climático, son los llamados Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), declarados por la FAO. Aquí os presentamos algunos de estos sistemas:

Arroz

El arroz es un cultivo muy importante para muchos países del mundo, ya que es el principal componente de la dieta para más de la mitad de la población mundial, siendo los países asiáticos los que encabezan la lista tanto en consumo como en producción.

Solo en China encontramos más de 5 zonas diferentes de producción de arroz reconocidas por la FAO dentro de la lista de SIPAM.

Uno de estos sistemas son los arrozales en terrazas de los Hani. En la prefectura de Hoghe, dentro de la provincia china de Yunnan, el pueblo Hani ha trabajado y vivido de la tierra por más de 1300 años, moldeando el paisaje hasta lo que vemos ahora.

Ellos han construido increíbles terrazas que cubren alrededor de 70.000 hectáreas de terreno, en escarpadas montañas y lo han hecho gestionando de manera sostenible y eficiente fuentes de agua locales.

Las terrazas de arroz no son sistemas presentes exclusivamente en China, existen en muchos otros países del mundo como las terrazas de arroz irrigadas de Gudeuljang en Cheongsando, Corea y las terrazas de arroz de Ifugao en Filipinas, también incluidas en la SIPAM.

Terrazas de arroz de Hoghe – Foto de Tiraya Adam en Unsplash

El té es la segunda bebida más popular seguida del agua. Es también la más antigua, ya que se cree que empezó a ser consumida hace alrededor de 5000 años.

El cultivo del té es difícil ya que requiere unas condiciones muy específicas para crecer que se dan en un número limitado de lugares en el mundo: clima cálido y húmedo, una cantidad específica de precipitaciones anuales, suelos ácidos, una pendiente determinada y altitudes de no más de 2000 metros. Esto significa que el té es un cultivo muy sensible a los cambios climáticos.

Hay tres sistemas de producción de té que la FAO ha designado como Sistemas Importantes de Patrimonio Agrícola Mundial: el cultivo tradicional de té Pu’er en China, el té Hadong en Hwagae-myeon en Corea y el té verde de Shizuoka en Japón. El último de estos, un sistema integrado de té y pasto, ofrece un ejemplo fascinante de cómo el mantenimiento de la biodiversidad y la conservación de los ecosistemas pueden ayudar a mejorar la agricultura.

En Japón el té es un motor económico, en la prefectura de Shizuoka –la mayor región productora de té del país–  genera alrededor de 31.9 mil millones de yenes (aproximadamente 260 millones de euros) al año y casi el 80% de los agricultores del área dependen de este cultivo para sus ingresos.

Lo que hace el cultivo de té verde de Shizuoka tan especial es la «Chagusaba«, una técnica tradicional de cultivo que consiste en mantener pastizales y praderas alrededor de los campos de té, que luego serán utilizadas como mantillo para el té. La hierba de los pastizales se corta en otoño, se cuelga para secarse y se extiende sobre los surcos de los campos de té, aportando nutrientes, ayudando a mantener la humedad y la temperatura del suelo, lo que mejora su calidad y sabor. Este sistema integrado de praderas y cultivos lleva realizándose desde hace miles de años y ha propiciado una abundante biodiversidad con más de 300 especies presentes en los pastizales seminaturales de esta área. Sin embargo la industrialización de la agricultura en algunas zonas está provocando que esta biodiversidad se esté perdiendo a un ritmo alarmante.

Apoyar esta tradición de Chagusaba significa proteger la biodiversidad de la zona, además del paisaje y el medio ambiente. Las laderas de las montañas de Japón exhiben un mosaico de chagusaba y campos de té que crean un paisaje extraordinario que también mitiga la erosión del suelo por la escorrentía y el lavado de nutrientes. Los pastos además aumentan la actividad microbiana en el suelo y la cantidad de nutrientes actuando como fertilizante natural.

Campos de té rodeados de pastos seminaturales marcados en amarillo

 

Restos de los pastizales protegiendo los arbustos del té

 

Dátiles

Pocos cultivos están tan interrelacionados con la historia humana como la palmera datilera. De hecho, la palmera datilera hizo posible que los humanos sobrevivieran mientras cruzaban vastos desiertos o vivían en lugares secos y remotos. Los dátiles son una fuente de energía concentrada, que puede ser fácilmente almacenada y llevada en largos viajes a través de los desiertos. Las palmeras datileras también crearon un refugio para las especies silvestres y un hábitat más adecuado para las personas al proporcionarles sombra del sol abrasador del desierto y protección contra los vientos y tormentas de arena. Aunque el transporte moderno y el comercio internacional significan que ahora, incluso las áreas más remotas generalmente tienen acceso a otros tipos de alimentos, los dátiles siguen siendo una parte importante de las dietas y culturas de gran parte de la región de Oriente Medio y África del Norte.

Encontramos cultivos de dátiles designados como SIPAM en los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Los oasis de Al Ain y Liwa son áreas importantes de conservación de palmeras datileras con alrededor de 200 variedades diferentes que producen alrededor del 6% de los dátiles totales del mundo. Además se encuentran antiguos sistemas de riego llamados “Aflaj” que permiten el crecimiento de la palma datilera en condiciones ambientales difíciles. El antiguo sistema de Aflaj consiste en canales por encima y por debajo del suelo, hechos por el hombre para recolectar agua subterránea, agua de manantial y agua superficial y transportarla, por gravedad, a un área determinada. Su fuente es un pozo madre, que alimenta el canal principal por gravedad.

Sistema de Aflaj en el oasis de Al-ain

 

Estos oasis son fundamentales para la historia de la humanidad ya que ayudaron a dar forma a las sociedades de estas regiones permitiendo los primeros asentamientos y facilitando el comercio y transporte entre las distintas poblaciones en un entorno hostil. Otros oasis únicos reconocidos como Sistemas Importantes de Patrimonio Agrícola de Mundial son: el conjunto de oasis en las montañas del Atlas en Marruecos donde integran varios tipos de cultivos con una gestión eficiente del agua, el Oasis Ghout en Argelia donde se combina la producción de dátiles con la alfalfa y los olivos, el Oasis Gafsa en Túnez basado en el cultivo “a capas” de verduras y cereales, y el Oasis Siwa en Egipto donde asociado al cultivo de palmeras datileras se encuentra una gran variedad de flora silvestre.

Es importante mantener y preservar estos Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial, no solo porque son paisajes estéticamente impresionantes, sino por su labor en la protección de la biodiversidad agrícola y la formación de ecosistemas resilientes, todo ello mezclado con su valioso patrimonio cultural.

Además estos sistemas agrícolas aportan de forma sostenible bienes y servicios fundamentales para las poblaciones –en su mayoría pequeños agricultores– asociadas a ellos: alimentos de calidad y un medio de subsistencia seguro y justo.

Desafortunadamente el cambio climático y la presión creciente por conseguir recursos naturales están poniendo a estos sistemas agrícolas en peligro. Además, al estar en zonas alejadas de zonas urbanas, tienen que hacer frente a la emigración que viven las zonas rurales. Como consecuencia, se abandonan las prácticas agrícolas tradicionales y se da una pérdida drástica de variedades y especies endémicas y locales.

Estos sistemas agrícolas ancestrales constituyen la base para el futuro de la producción de alimentos de manera sostenible: protección del entorno, buena gestión de los recursos y el fomento de la biodiversidad. No dejemos que se pierdan.

Pero ¿y en España? La creación de las SIPAM es relativamente nueva y en España están empezando a declarar algunas zonas –como el cultivo de las pasas moscatel en Málaga o los olivares centenarios de Sénia– que trataremos más adelante.

 

Carlota López Fernández 

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