¿Hacia dónde va nuestro patrimonio alimentario?

Imagen de Martin Winkler en Pixabay

 

A menudo hablamos sobre el futuro de la alimentación, pero y ¿su historia?

La comida no es solo una amalgama de proteínas y vitaminas que nos ayudan a cubrir nuestras necesidades vitales, también es un elemento que forma parte de nuestra identidad cultural.

La mayoría de nosotros tenemos recuerdos de la infancia relacionados con la comida, tal vez un restaurante o un bar, tal vez una granja o un mercado donde el frutero nos regalaba trozos de fruta. A medida que nuestra sociedad cambia perdemos mucho: comida saludable, abastecimiento local, historias personales y mucho más.

¿Qué pasa con los huertos locales? Viejos viñedos, campos y granjas. ¿Qué pasó con esa vieja frutería que vendía legumbres del lugar?, ¿los grandes mercados en las ciudades que inundaban el centro?, ¿los rebaños que veías en los márgenes de la carretera en los viajes en coche?, y, ¿con las historias de matanza?

A medida que perdemos la conexión con nuestra comida, y con las personas que la cultivan y procesan, perdemos gran parte de nuestra historia e identidad cultural. La paella de los domingos, el cocido de tu madre, el gazpacho que te hacía tu abuela en verano…Esta gran diversidad de platos tan íntimamente ligados con todos nosotros dan forma a nuestra sociedad y son un elemento de unión, y sin darnos cuenta estamos perdiendo todo este conocimiento.

Todos los saberes y prácticas relacionadas con la producción, transformación, distribución y consumo de alimentos, y que son transmitidos generación tras generación, son lo que conforman el patrimonio alimentario.

Pero este patrimonio está en riesgo. Con la introducción de nuevos tipos de dietas, la mecanización e intensificación del campo y el cambio en la estructura tradicional del hogar, se están perdiendo muchas de las maneras tradicionales de producción y consumo de alimentos.

Esta mecanización y los avances que se han ido introduciendo en el sector agrícola no son malos per se, ya que hicieron que su evolución, en cuanto a volumen de producción, se disparara tras la Segunda Guerra Mundial. Pero ahora nos enfrentamos a nuevos retos y algunas de las antiguas formas de producción de cultivos tienen mucho que enseñarnos sobre sostenibilidad y adaptación al cambio climático.

En cuanto a los cambios en nuestra manera de comer, influye mucho el hecho de que las mujeres hayan salido del ámbito del hogar y cuidados, ya que eran ellas las encargadas de la compra y cocinado de estos alimentos, y por tanto eran tradicionalmente las encargadas de transmitir estos saberes. Esto sumado a nuestro modo de vida rápido y acelerado, y el aumento de los hogares unipersonales hacen difícil la supervivencia de muchos platos tradicionales basados en productos frescos de cercanía y típicos de la zona.

Aunque salvaguardar este patrimonio sea difícil al ser un ente vivo que fluctúa y cambia, además de que engloba aspectos difíciles de valorizar como la memoria, tradición o identidad, su protección es fundamental ya que el conocimiento que lo forma nos permitirá hacer frente a los retos medioambientales que se nos presentan.

Pese a que esta protección pueda parecer dificultosa, parece que una posible solución se basaría en el refuerzo del medio rural, ya que son los principales defensores del patrimonio alimentario, principalmente, de la producción. Según José Graziano da Silva (Director general de la FAO) hay que «invertir en productos locales y devolver a nuestras dietas esa diversidad y conocimiento, […] esto significa que hay que implementar un acercamiento territorial a sistemas alimentarios que fortalezcan vínculos entre los núcleos urbanos y  las zonas rurales que los rodean”.

El patrimonio alimentario es cosa de todos, no importa tu género u origen, tenemos que ser conscientes de que ese conocimiento está ahí y que no podemos dejar que se pierda. Sí, es difícil y conlleva un esfuerzo extra, pero, ¿no merece la pena gastar tiempo en nosotros mismos, en nuestra salud e identidad cultural?.

Carlota López Fernández.

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