Biodiversidad sana para una alimentación sana

 

La biodiversidad se define como la variedad de vida a nivel genético, de especies y de ecosistemas. Dentro de esta definición también está la agricultura y producción de alimentos ya que incluye las plantas y animales domesticados, así como productos acuáticos que consumimos a diario. Para estos sistemas el papel que juega la biodiversidad es fundamental, ya que muchas de estas actividades productivas dependen de lo que se conoce como “biodiversidad asociada”, o lo que es lo mismo, el amplio abanico de organismos que viven en y alrededor de los sistemas de producción alimentaria y agrícola, manteniéndolos y contribuyendo a su productividad.

Pero, ¿por qué es importante que haya mucha variedad de especies en nuestros campos? Cuanta más riqueza de plantas y animales mayor será la resistencia ante cambios producidos por el cambio climático y plagas, más fácil será encontrar nutrientes para alimentar a la creciente población y contaremos con más probabilidades de encontrar principios activos para el desarrollo de medicinas. Es decir, la biodiversidad en alimentación y agricultura es indispensable para la seguridad alimentaria, el desarrollo sostenible y el suministro de muchos servicios ecosistémicos vitales para nuestra sociedad. Pero debido al uso sin control de nuestro entorno la biodiversidad del planeta está disminuyendo a pasos agigantados, agravando no solo la degradación del medio ambiente, sino también la inseguridad e injusticia alimentaria.

La pérdida de especies afecta a los medios de vida de muchas personas: se aumenta la necesidad de que los productores de alimentos y productos agrícolas dependan de insumos externos perjudiciales para el medio ambiente (como los pesticidas) además de costosos; poblaciones dedicadas a la agricultura en zonas en desarrollo se ven más expuestos a los efectos del cambio climático aumentando el riesgo de hambrunas; además el uso generalizado de los monocultivos hace que se pierdan pequeños cultivos de especies propias de la zona, que aunque bien adaptadas al entorno, no son tan productivas y por tanto no resultan rentables.

El informe de la FAO «El estado de la biodiversidad para la alimentación y la agricultura en el mundo” destaca que la conservación de la biodiversidad es fundamental si queremos cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para el 2030.

Pero parece que hay esperanza: la diversificación. Según la FAO la diversificación es una de las grandes patas sobre la que debemos apoyarnos en la lucha por la biodiversidad, y por ende, en el mantenimiento de la soberanía y seguridad alimentaria. El uso de múltiples especies, la integración del uso de los cultivos, el ganado, los recursos forestales y acuáticos o la conservación y gestión de la diversidad del hábitat a escala del paisaje, son algunos de los aspectos que se encuentran dentro del paraguas de la diversificación.

Esto a nivel global, pero ¿y nosotros? ¿hay algo que podamos hacer?. Sí, se ha demostrado que las preferencias de los consumidores juegan un gran papel en la biodiversidad en el ámbito alimentario. Un ejemplo de esto puede ser el caso del chato vitoriano, un cerdo autóctono del País Vasco muy demandado durante la época de la posguerra por su gran cantidad de manteca, de la que ahora solo nos quedan fotografías debido al cambio en los hábitos alimentarios de los vascos que produjo que se dejase de criar. La preferencia por carnes baratas y más magras (especies introducidas más productivas) ha llevado a que, en el caso de Euskadi, de las veinticinco razas de ganado propias, ocho de ellas estén en peligro de extinción y trece en estado crítico, con un número de hembras reproductoras por debajo del centenar.

Como consumidores podemos apoyar iniciativas de productores que han apostado por la cría de especies de ganado propias de la zona o el cultivo de variedades locales. Un ejemplo puede ser el garbanzo madrileño, el cual  se creía abocado a la desaparición pero gracias al esfuerzo del Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario (IMIDRA), agricultores de la zona noroeste y suroeste de la Comunidad de Madrid y el apoyo de restaurantes y comercios locales se ha conseguido recuperar y volver a comercializar. Si elegimos consumir este garbanzo en vez del que se ha producido en Estados Unidos no solo apostamos por un producto con menor huella de CO2 sino que también apoyamos al mantenimiento de la biodiversidad local.

A parte de con nuestro consumo, si participamos en huertos urbanos o tenemos un terreno donde cultivamos nuestras propias hortalizas el cultivo de especies propias de la zona que estén en declive y el intercambio de estas semillas con otros horticultores, es otra de las vías que podemos tomar para convertirnos en defensores de la biodiversidad.

 

Carlota López Fernández

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