¿Qué fue del Plan del azúcar, la sal y las grasas?

Imagen: Plan de colaboración para la mejora de la composición de los alimentos y bebidas y otras medidas 2017-2020 – Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social – Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN).

El Plan de colaboración para la mejora de la composición de alimentos y bebidas y otras medidas 2017-2020 , puesto en marcha en febrero de 2018, es un compromiso en firme de decenas de asociaciones de fabricantes y distribuidores de alimentos que implica a más de 3.500 productos. Afecta a tres componentes: azúcares añadidos, grasas saturadas y sal. El Plan es completo y detallado y probablemente hará una contribución importante a la mejora de la salud de la población en España. También ofrece una visión en negativo de una sociedad cuyos hábitos alimenticios están enganchados al azúcar.

El Plan reconoce problemas serios para abordar la reducción de azúcares, por ejemplo:
• “El sabor dulce que proporciona el azúcar es el más agradable.”
• “La apreciación de los consumidores que, actualmente, encuentran ciertos alimentos desagradables e inaceptables, por debajo de un cierto nivel de dulzura”.
• “Estudios que demuestran que los consumidores tienden a preferir productos más dulces que productos menos dulces”.

El Plan, en términos generales, plantea una reducción de los azúcares añadidos de un 10% en tres años, de manera que se complete este primer ciclo de “desazucarización” en 2020. La idea general es acostumbrar poco a poco a los consumidores a saborear productos con menos azúcar (y/o sal, o grasas saturadas).
Para ello es importante evitar problemas de competencia comercial desleal: “Esta puede basarse en el nivel de dulzura de los productos y si todos reducen paulatinamente se facilita el equilibrio. La reducción de las ventas es un temor latente si [empresas que no se unen al Plan]  continúan proporcionando productos con el mismo contenido de [azúcar]”.

Además, “el consumidor puede requerir de cierto tiempo para adaptarse a los nuevos sabores de alimentos con menos azúcar, sal o grasas… no todos los consumidores son conocedores de los beneficios de la reducción de estos nutrientes, y hay que facilitar este proceso con bajadas paulatinas y generalizadas en el mercado que permitan su aceptación”. La estrategia consiste en poner en marcha un proceso gradual a base de  “propuestas moderadas y paulatinas que conlleven una adaptación no consciente a los productos alimenticios” (las cursivas son nuestras).

Esto parece un gran experimento social, una especie de reeducación en masa de los hábitos alimenticios de 47 millones de personas sin que se den mucha cuenta. Hay que tener presente que no solamente se trata de reformular los alimentos, sino también de cambiar menús en la restauración colectiva y la restauración moderna (las cadenas de comida rápida) e infinidad de otras medidas, desde retirar los saleros de las mesas a impedir la publicidad de bebidas azucaradas destinada a público infantil.

Los sectores implicados se han puesto en marcha con diversas medidas. En noviembre de 2018 la ministra de Sanidad reafirmó el compromiso del gobierno con el Plan. No obstante, otras medidas como el etiquetado semáforo NutriScore o un posible impuesto al azúcar ocupan la actualidad alimentaria, el Plan ya no sale en los medios o lo hace muy discretamente. Se supone que la industria está trabajando en la re-formulación. Anfabra (Asociación de fabricantes de bebidas refrescantes, donde están entre otras Coca-Cola y Pepsico) ha dado a la publicidad “Las bebidas refrescantes y sus compromisos” (dentro del Plan) superando una postura algo reticente al principio. Las medidas se detallan en este folleto.

Pero parece ser que la industria intenta adaptarse al 10% de reducción de azúcar y otros componentes no simplemente reduciendo, sino mediante complejas “tecnologías de edulcoración”. Nestlé informó en marzo de 2018 del lanzamiento de un azúcar igual de dulce pero con un 30% menos de contenido en peso, basado en hacer más porosa la estructura molecular de la sacarosa para que produzca en la boca una sensación más acentuada de dulzor.

Tanta sofisticación tecnológica no augura nada bueno para el desarrollo del Plan.  Es realmente modesto en su planteamiento general (una reducción del 10% de azúcar, sal y grasas saturadas en tres años), y da la sensación de que la gran industria alimentaria podrá lidiar con este objetivo con facilidad, no produciendo alimentos más sanos, sino más sofisticados pero a la larga igual de dañinos. La idea original, al menos del Gobierno, era acostumbrar poco a poco a los consumidores a los sabores originales de los alimentos sin el dopaje azucarado abrumador que tienen ahora, cosa que no se conseguirá si el super-dulzor continúa incólume.

 

 

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