La creciente amenaza de los alimentos ecológicos

La agricultura ecológica, y los alimentos que produce, están pasando de ser una inofensiva excentricidad a la categoría de amenaza. Hace pocos años sus productos se ponían por las nubes, y se recomendaban en todos los repertorios de consejos para una vida sana y sostenible. Actualmente los alimentos ecológicos son catalogados como un timo y una estafa de grandes proporciones. Con este fin, se publican una y otra vez en grandes medios de comunicación artículos anti-comida ecológica, con un argumentario muy bien definido que contiene una lista de falacias que se repiten una y otra vez. ¿Qué está pasando?

La explicación más probable es que esté ocurriendo lo mismo que pasó con las energías renovables (especialmente la eólica y fotovoltaica). Hacia el año 2000 eran simpáticas y minoritarias, una esperanza para el futuro. Hacia 2015, cuando ya suponían el 40% de la producción total de electricidad en España, fue necesario detener en seco su crecimiento con medidas legales como el famoso “impuesto al sol” y también con una campaña de comunicación que las acusaba, entre otras cosas, de ser las principales responsables del encarecimiento del recibo de la luz.

Con los alimentos ecológicos está pasando lo mismo. Hacia el año 2000 la agricultura ecológica no llegaba a las 400.000 hectáreas, menos del 2% de la superficie cultivada total, y su producción se exportaba casi en su totalidad a Alemania y Austria. Los alimentos ecológicos eran una curiosidad exótica y muy cara que apenas se veían en los lineales de los supermercados. Actualmente  la superficie de agricultura ecológica supera ya el 10% de la superficie total y sus productos, aunque se siguen vendiendo muy bien en el extranjero, empiezan a tener un mercado doméstico importante. Además, parece ser que sus ventas, contra lo que cabría esperar, no se ralentizaron durante los años de la crisis (2007-2017), sino más bien lo contrario, se consolidaron. Actualmente las etiquetas de agricultura ecológica, tanto las de las comunidades autónomas como la hoja estrellada europea, proliferan en los supermercados y las ventas se consolidan.

¿Qué argumentos utiliza la campaña anti-alimentos ecológicos? Son tres, siempre los mismos, a saber:

• La agricultura ecológica no usa biocidas de síntesis (como el glifosato), pero puede usar cosas peores, como el sulfato de cobre.
• No se ha demostrado que los alimentos ecológicos tengan más nutrientes que los convencionales.
• Los alimentos convencionales son completamente seguros, porque contienen residuos de plaguicidas y otros tóxicos en dosis seguras. En cambio, se sospecha que los alimentos ecológicos pueden ser muy peligrosos, por ejemplo al contaminarse con E. coli procedente del abono orgánico. Se suele incluir una referencia a la famosa crisis de los pepinos.

Con carácter más general, se esgrimen estudios que demuestran que la agricultura ecológica es menos productiva (por unidad de superficie, por ejemplo), que la convencional, o que muchos alimentos ecológicos son traídos desde largas distancias, lo que lanza tantas emisiones de CO2 a la atmósfera que anula sus posibles ventajas para el medio ambiente.

La verdad es que la agricultura ecológica y sus productos merecen serias críticas. Los reglamentos europeos que la regulan pueden ser contradictorios y a veces estrambóticos (parece ser que preconizan tratamientos homeopáticos para los animales de granja), pero en general delimitan e impulsan un tipo de producción agraria muy necesaria, aquella que “combina las mejores prácticas en materia de medio ambiente y clima, un elevado nivel de biodiversidad, la conservación de los recursos naturales y la aplicación de normas exigentes sobre bienestar animal”.

La objeción más seria que merecen los alimentos ecológicos es su elevado precio. Si la buena comida es dos o tres veces más cara que la convencional y solo accesible por una élite adinerada, puede que sea ecológica, pero desde luego es completamente insostenible. Lo que necesitamos son buenos alimentos procedentes de una buena agricultura, asociar la Política Agraria Común  y el comercio internacional de alimentos a la idea Good Food – Good Farming… más que discutir sobre los nutrientes que lleva cada tipo de alimento.

Jesús Alonso Millán

 

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