Engaños en el supermercado

Te encuentras vagando por el supermercado, hambriento, buscando una presa a la que hincar el diente. Eres una persona ocupada por lo que no tienes tiempo para preparar una comida casera, quieres encontrar algo que sea sabroso, barato y ,por supuesto, rápido, así que pasas de largo la sección de frescos. A tu alrededor ves toda clase de alimentos que intentan atraer tu atención para que los elijas: etiquetas que prometen sostenibilidad, envasados bonitos, fotos idílicas, porcentajes que nos aseguran que son los más saludables…

Pero no todo es como nos lo venden. El sector alimentario es un campo de batalla y las distintas marcas luchan unas contra otras para hacer destacar sus productos por encima del resto. Así utilizan estrategias de marketing para hacer más atractivo un producto, jugando con las modas y nuevas corrientes alimentarias.

Muy conocido es el caso de los alimentos “light”, productos que nos venden como adelgazantes y más saludables cuando realmente contienen los mismos componentes que el producto original, solo que reducidos en un 30%. Así, por ejemplo, un cacao en polvo que contenga grandes cantidades de azúcar. Al convertirlo en light su cantidad de azúcar disminuye, sí, pero no por eso en cantidades saludables. Incluso en algunos casos esa reducción en grasas o azúcares no se ha llevado a cabo y lo que realmente se hace es vender raciones más pequeñas.

Otro caso que vemos constantemente a nuestro alrededor son las etiquetas “sin”: “sin lactosa”, “sin gluten”, etc. Estas etiquetas son muy necesarias para la población que sufre de intolerancias o alergias alimentarias pero la industria las ha transformado en reclamos que la población preocupada por su salud asocia a productos más saludables, lo cual puede ser peligroso.

Cogiendo el caso del gluten, si una persona no es celiaca y cambia a una dieta sin gluten puede tener problemas de azúcar y falta de nutrientes, e incluso su cuerpo puede desarrollar una resistencia a esta proteína.

En el ámbito de los alimentos ecológicos encontramos ejemplos parecidos. Productos que utilizan frases en sus etiquetados o campañas publicitarias como “tradicional”, “natural”, “100% natural”, “fresco”, “del campo a su mesa”, etc. Estos términos pueden hacer creer al consumidor que está comprando productos más respetuosos con el medio ambiente y más saludables, y no siempre es así.

¿Realmente pensamos que cuando una gran empresa nos vende pan hecho “a la manera tradicional” estamos comprando solo harina, agua, sal, levadura y se ha cocido en el bonito horno de piedra del anuncio? No, la gran mayoría de los productos que vemos en los estantes de los supermercados son productos procesados que se han conseguido tras un proceso industrial. Es en el pan donde podemos encontrar un buen ejemplo de esto.

Recientemente pudimos ver en las noticias la confrontación que tuvo lugar entre el sector de los panaderos tradicionales y las grandes empresas por una nueva ley referida a la fabricación y etiquetado del pan. Los panaderos sostenían que, aunque la nueva ley introducía avances sobre el pan integral (ahora para que un pan se denomine “integral” deberá contener 100% harinas integrales), permitía el fraude al consumidor en la denominación de panes de masa madre. Esto es así porque se permitiría a las grandes empresas la utilización en el proceso de fabricación de levaduras industriales, y la masa madre aparecería de manera anecdótica, ya que solo se contempla la cantidad mínima de masa madre que debe estar presente y no la máxima de levaduras industriales.  Esto en si no tiene porque ser malo, pero que nos vendan una realidad que no es cierta si lo es.

Otras estrategias, no tan directas, pero que van también enfocadas a hacernos elegir un producto sobre otro porque lo percibimos como más sano son los colores y diseño utilizados en el empaquetado o el envase. Colores como el verde o el azul son asociados con la naturaleza, así como la presencia de fotos de paisajes naturales o dibujos de plantas, juegan con nuestra percepción sobre un producto y nos puede llevar a comprarlo.

Las administraciones deberían proteger al consumidor de estas prácticas pero, como bien se sabe, las cosas de palacio van despacio, así, ¿qué podemos hacer nosotros?. La conclusión a la que llegamos al ver los ejemplos anteriores es evitar en lo máximo posible los alimentos que hayan pasado por un proceso de transformación, es decir, procesados. Es en este tipo de producto donde es más fácil que lo que nos venden no sea estrictamente verdad ya que juegan con los porcentajes mínimos, máximos, rangos, etc. que marca la ley por la que se rigen. Dejar de lado estos productos significaría entonces volver a la comida casera, hecha desde cero con alimentos frescos y variados.

Si que es verdad que muchos de estos productos procesados han pasado por unos estrictos controles y por lo tanto cuentan con etiquetas oficiales que certifican que lo que nos anuncian es verdad.

Algunos se echarán las manos a la cabeza, pero quiero recordar que estamos hablando de nuestros cuerpos, nuestra salud, ¿realmente vivimos unas vidas tan atareadas y rápidas como para no poder dedicar una hora al día para cocinar una comida casera? ¿en qué mejor cosa podemos invertir el dinero que en nuestra alimentación, en nosotros mismos?. Tomemos el timón de nuestra alimentación.

Carlota López Fernández.

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